Por Rodrigo Lloret - Director de Perfil. Politólogo. Magíster en Relaciones Internacionales - Doctor en Ciencias Sociales.

Keynesianismo libertario: con la batalla cultural no se come, no se educa y no se cura

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30/08/2026 | 09:35

Mientras la imagen presidencial se estanca y el plan económico muestra señales de agotamiento, el Gobierno gira hacia el Estado: créditos hipotecarios con fondos de la Anses, suba del salario mínimo y hasta un guiño de Caputo a la “justicia social”.

Antes de ser un arma de campaña para la retórica electoral, la batalla cultural había representado para Agustín Laje una argumentación de teoría filosófica que escondía pretensiones políticas concretas. La idea había sido tomada del marxista Antonio Gramsci para ser reciclada en beneficio de la consolidación de la ultraderecha y establecía que ningún poder se sostiene tan solo desde el aparato represivo del Estado, sino que debe conquistar previamente el sentido común de la sociedad para alcanzar un éxito verdadero.

El mensaje era muy simple y a la vez muy potente: hay que entrar en los corazones de las personas antes que en sus mentes. O, dicho de modo menos planfletario, es necesario pulsar sentimientos antes que ideologías. Una exitosa tarea revolucionaria (de izquierda para Gramsci, de derecha para Laje) debe prestar especial atención a las instituciones, a la cultura, a los medios de comunicación y a las escuelas. El lenguaje, los símbolos y los valores por encima de la superestructura.

Fue esa convicción la que convirtió a Laje en el principal artillero intelectual de Javier Milei: la certeza de que la derecha había perdido durante las últimas décadas la disputa cultural mientras se concentraba en discutir presupuestos. Después de esa fallida experiencia, la derecha había aprendido la lección: lo central ya no radicaba en priorizar una reforma económica sino en disputar el campo de las ideas. Solo un triunfo en ese terreno, que siempre había sido monopolizado por la izquierda –en especial, entre jóvenes y trabajadores–, garantiza la victoria, al construir las condiciones intangibles para que un proyecto sea posible. “Si no hay política sin hegemonía, entonces tampoco hay política sin batalla cultural”, sintetizó Laje en su ensayo titulado, precisamente, La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha.

¿Por qué volver sobre este tan remanido mantra libertario? Porque algo ha cambiado en los últimos días entre los guerreros culturales, a medida que el plan económico del Gobierno empieza a mostrar evidentes señales de agotamiento. El debate sobre la batalla cultural, o dicho de modo más literal, la discusión sobre el efecto que la batalla cultural puede tener sobre los votantes, se materializó con total contundencia, y como nunca antes lo había hecho, en el seno del oficialismo. Invirtiendo el dilema alfonsinista de la primavera democracia, Milei empieza a comprobar que con la batalla cultural no se come, no se educa y no se cura.

Y, aunque cueste creerlo, fue el propio Laje el que lo puso en esos términos. El ideólogo de las Fuerzas del Cielo advirtió esta semana que los votos no se consiguen con una palabra ni con un concepto: las elecciones no se ganan gracias a un sistema moral o un principio ideológico, se ganan por resultados económicos. Laje no lo duda: el péndulo volverá rápidamente hacia la izquierda si los gobiernos de derecha de la región “no logran mejorarle el metro cuadrado a la gente”. ¿Y en qué quedó, entonces, la batalla cultural? La batalla cultural, aclaró Laje, sirve para construir las condiciones inmateriales de una época, pero no sustituye la vida cotidiana de la población. Hay que decirlo con todas las letras: no se puede vivir del amor.

La frase tocó un nervio expuesto en el mundo oficialista. Durante su prolongado aislamiento social, preventivo y no obligatorio en la Quinta de Olivos, largo confinamiento que es, a su vez, autoimpuesto, Milei perdió el control, como lo viene haciendo en las últimas semanas. Luego de ver la entrevista que concedió el, hasta ese momento, intelectual preferido, respondió con un mensaje furioso e insultante hacia quien alguna vez consideró su sucesor natural. En la intimidad del poder también se supo, que Milei llegó a bloquear a Laje entre sus contactos, la peor ofensa posible en el mundo digital en el que conviven los libertarios. Y fue necesaria una mediación de urgencia de Santiago Caputo para evitar que Laje renunciara a la conducción de la Fundación Faro, el think tank ultraconservador y antiwokista que el propio Gobierno utiliza como usina doctrinaria.

El episodio es revelador por partida doble: primero, porque expuso la fragilidad de un vínculo que hasta hace poco parecía inquebrantable entre el poder político y su brazo intelectual. Segundo, porque mostró que el Presidente no tolera ninguna disidencia, ni siquiera cuando proviene desde dentro de su propio círcuo y está fundada, como en este caso, en términos de puro realismo político antes que en el sentido de la polarización política.

Pero lo preocupante para Milei es que no se trata de un antecedente aislado. Las mismas consultoras que durante meses premiaron la baja de la inflación y el superávit fiscal, ahora leen con preocupación una imagen presidencial que, según distintas mediciones, combina una aprobación estancada en torno al tercio del electorado con niveles de desaprobación y desconfianza que rondan los dos tercios. Alarma balotaje. Es por eso que no resultó llamativo el giro hacia una herramienta clásicamente estatal, que suele impulsarse en términos electorales. Keynesianismo puro, con perdón de la palabra, señor Presidente.

En ese marco debe leerse el anuncio del Ministerio de Economía de estas horas para iniciar un programa de 2 billones de pesos provenientes del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES –sí, el mismo organismo que Milei denunció durante muchos años como una “caja política” que financia a la casta– para fondear créditos hipotecarios UVA. El mecanismo consiste en que el FGS licita depósitos a plazo fijo entre las entidades financieras, que deben transformarlos en créditos hipotecarios dentro de los 90 días corridos, exclusivamente para compra, construcción, ampliación o refacción de primera vivienda, con un tope del 20% del monto de cada licitación por entidad. Un mini plan platita, ni más, ni menos. Y que Murray Rothbard nos perdone.

Pero hay más. No solo fue el regreso al Estado para impulsar la economía (que Laje festeja) sino que también fue una incursión en la liturgia peronista (que Laje denosta). Con una frase que sorprendió, tanto a propios como extraños, el ministro de Economía, Luis Caputo, reivindicó el concepto de “justicia social”. Que Conan no lo permita: la base filosófica de Juan Domingo Perón había sido históricamente condenada por Milei como “una aberración”. Pero Caputo profundizó: “Para este Gobierno, los créditos hipotecarios son una prioridad por diferentes razones. Una, porque hace a la justicia social. Nada más justo que una persona que tiene trabajo tenga acceso a una vivienda y no tenga que esperar 30 o 40 años para ahorrar y poder comprarla”. ¿Es posible pensar que Caputo realizó este giro sin consultarlo con los Milei? Imposible. De ser cierto, ya estaría fuera del Gobierno.

Pocas horas más tarde, se generó otro ejemplo de novedad pragmática en un gobierno que se había mantenido inquebrantable en sus postulados filosóficos hasta el momento. La novedad se produjo cuando se anunció un aumento del Salario Mínimo, Vital y Móvil para trabajadores en relación de dependencia. El Estado subió el piso salarial nominal en el mismo momento en el que reconoce, en los hechos, el derrumbe de su poder de compra real: un ajuste que corre siempre detrás de una inflación que, aunque más baja que en 2023, sigue erosionando ingresos. Otra vez: ¿es posible pensar que Caputo realizó este giro sin consultarlo con los Milei? Imposible. La respuesta menos obvia, pero más acertada, es que el Presidente acepta ser flexible para no perder competitividad y seguir soñando con una reelección en el próximo año.

No obstante, de esa forma, la paradoja queda expuesta con toda crudeza: aunque Milei se autopercibe como el principal enemigo del Estado, se aprovecha de los recursos del aparato estatal para intentar impulsar la economía y “mejorarle el metro cuadrado a la gente”. Bienvenidos al keynesianismo libertario. La batalla cultural puede esperar.

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